Si me preguntan cuántos años tiene, respondo que tiene nueve años, que usa pantalones cortos
y que se ensucia las rodillas, que por
las noches sonríe y no sabe nada del mundo, de la pena, del amor. Algunos
días no me lo preguntan y deciden
llamarse como él. Me ha dejado dos libros, uno es de cuentos, el Aleph lo has leído? Me preguntó, le dije que sí, pero
no lo había leído, había leído sus
poemas y su libro de sueños pero el Aleph nunca, aun así me lo regaló, y lo leí
en dos noches, en tres, en cuatro, en
cinco, en seis, aún lo leo un poco cada noche desde entonces. Algunos días arrojo
el libro contra la pared, le arranco las hojas, le prendo fuego, barro sus cenizas, las arrojo
por la ventana, veo como en el viento desaparece y creo que con eso todo por fin se ha acabado. Otras noches lo dejo bajo mi almohada
y sueño con él. Otras, lo ignoro, lo dejo
por la tarde en el último cajón, pongo encima hojas, revistas, cuadernos, hasta
ocultarlo, le doy la espalda, me voy, y me engaño que ya no está. El otro libro, tiene muchas páginas
y nada escrito, has visto alguna
vez un libro vacio? No sabes la pena que da. Y
lo terrible que es adivinar palabras, creer que están un día y luego
darte cuenta que no, he revisado cada hoja con mucho cuidado, a lo mejor las
palabras volaron, de cualquier modo yo no las
puedo ver si lejos están, si alguna vez estuvieron tapizadas aquí, si
alguna vez hablaron, parece que a cada
hoja vacía eso ya no le importa. Me he quedado con dos libros tuyos, aún no sé si seguirlos guardando o si existe alguna forma de arrojarlos
a algún lado y olvidarlo todo sin sentir
que pierdo algo, y sin sentir que el alma me duele porque ningún día en el
futuro se llame ya como se llama el de hoy.
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