jueves, 17 de noviembre de 2011

Aleph



Si me preguntan cuántos años tiene, respondo  que tiene nueve años, que usa pantalones cortos y que se ensucia las rodillas, que  por las noches sonríe y no sabe nada del mundo, de la  pena, del amor. Algunos días no me  lo preguntan y deciden llamarse como él. Me ha dejado dos libros, uno es de  cuentos, el Aleph lo  has leído? Me preguntó, le dije que sí, pero no lo había  leído, había leído sus poemas y su libro de sueños pero el Aleph nunca, aun así me lo regaló, y lo leí en dos  noches, en tres, en cuatro, en cinco, en seis, aún lo leo un poco cada noche desde entonces. Algunos días arrojo el libro contra  la  pared, le arranco las hojas, le  prendo fuego, barro sus cenizas, las arrojo por la ventana, veo como en el viento desaparece y creo  que con eso todo por fin se  ha acabado. Otras noches lo dejo bajo mi almohada y  sueño con él. Otras, lo ignoro, lo dejo por la tarde en el último cajón, pongo encima hojas, revistas, cuadernos, hasta ocultarlo, le doy la espalda, me voy, y me engaño que ya no está.  El otro libro, tiene muchas  páginas  y nada escrito, has visto  alguna vez un libro vacio? No sabes la pena que da. Y  lo terrible que es adivinar palabras, creer que están un día y luego darte cuenta que no, he revisado cada hoja con mucho cuidado, a lo mejor las palabras volaron, de cualquier modo yo no las  puedo ver  si lejos están, si  alguna vez estuvieron tapizadas aquí, si alguna  vez hablaron, parece que a cada hoja  vacía eso ya no le  importa. Me he quedado con dos libros tuyos, aún no sé si seguirlos guardando o si existe alguna forma de arrojarlos a algún lado y olvidarlo  todo sin sentir que pierdo  algo, y  sin sentir  que el alma me duele porque ningún día en el futuro se llame ya como se llama el de hoy. 



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