
Raúl e Imperfecta solían salir a caminar en las mañanas por el puente largo que separa su casa del lago. El apestoso lago donde nadan bicicletas manejando niños y aviones confundidos se estrellan sin medir fronteras. Raúl estaba hecho de cometas, de hojas de colores sepias, de residuos de cintas de casettes de música serena, de hierba otoñal y de tristeza. Imperfecta estaba hecha con cierto encanto de flores nuevas nacidas en cuaresma, del encanto de los ojos inmóviles de las muñecas tristes empolvadas en la alacena, de los miles de colores de las cortinas hechas por piezas, por la sonrisa de las margaritas y también estaba hecha de tristeza. Leían juntos aquel día Hojas de Hierba, y en cada párrafo elevaron las hojas en forma de corazón como milagro de primavera, escuchando millones de voces, viendo miles de rostros y cabezas, y al apestoso lago cubierto de polvo de estrellas. Tímidos y tiernos comían cada hoja, sin importar cuán etérea era la belleza de los vientos que los rodeaban y aquel lago alimentado de poesía, entendiéndose, por fin, a sí mismos, eternos como cada línea excelsa e incesante de las Hojas de Hierba.